6.12.04

Trafalgar. Tuvo narices la cosa. (a la cuarta por fin...)

Pues sí­. Ya me he terminado Cabo Trafalgar. Y, como me esperaba (vade retro objetividad), me ha encantado. Es un libro totalmente revertiano. Perfecto, redondo. El lenguaje, pues del suyo. Coloquial, el que era entonces, el que es ahora. Nada de remilgos al escribir. Crudo en ocasiones. Luego, por otro lado, algo que siempre me ha gustado de Arturín, las onomatopeyas (buum, raaca, crac y tal). Parece una tontería, pero así­ es como realmente sabes como eran los sartenazos de los ruskis, los gabachos, los casacones o los infelices españoles.
Maldita la estampa de los españoles ese dí­a. Comandados por un infeliz y un acojonado cuando tocaba mandar. Y es que así, contra los galácticos de los mares de esa época no se puede. Pero claro, como estábamos a los pies del corso, pues no se podí­a tener iniciativa. Y aún así, se luchó como debía. Todos lucharon (bueno, casi todos). Gabachos incluidos, que también le echaron sus cojoncillos, oye. Pero que le vamos a hacer. Ya es difícil hacer nada. Nos pasaron por la piedra de amolar como dios manda. Es decir, que nos jodieron pero bien...
Niet. No puedo dejar de escribir sin decir algo sobre Napoleón. EL Napoleón de Pérez-Reverte. Que grande, que crack. Seguramente no, pero a mí me gusta pensar que este tipo era así. Con sus cojones bien puestos (a mi me la van a dar estos…) Un tipo con dos cojones capaz de patearle a las coronas europeas un huevo y la yema del otro. Cuando no los dos. Hay un capí­tulo en el que tiene una aparición magistral y genuinamente suya. Es tremendo. Ahí va:

Por qué salimos a luchar sin esperanza, es la pregunta. Al matadero tocando el tambor y la gaita. Buenos barcos y oficiales competentes sin tripulaciones a las que mandar, frente a enemigos implacables y entrenados como máquinas, motivados y con una férrea disciplina: estirpe de marinos y piratas, conscientes de que quien controla el mar domina el mundo. Profesionales despiadados y sin complejos. Por eso las dotaciones inglesas son las mejores del mundo. Y luego está la moral de la tropa. A estas alturas, venteando el desastre que se avecina, hasta el último guardiamarina de la flota combinada sabe que, resguardada en Cádiz como en el 97, la flota aliada podí­a haber obligado a los ingleses al desgaste de un largo bloqueo; pero que salir ahora en busca de batalla abierta sólo puede acabar en desastre. Salir o no salir, dat is de cuestión: como lo del majareta ese de Chéspir (dijo alguien), pero en versión caspa. A la española. Las razones de todas aquellas entradas, salidas y vueltas a salir las reveló hace dos dÃías el comandante don Carlos de la Rocha en la camareta del Antilla, en una especie de consejo de guerra que se creyó en la obligación de convocar para informar a sus oficiales antes de que los escabechen. Nobleza obliga.
-Napoleón pretendía invadir Inglaterra. No se rían, joder. En realidad el plan no era malo. Sobre el papel, claro. Por el tratado de San Ildefonso y los convenios de París, España, además de bajarse los calzones, quedaba obligada a colaborar con Francia en sus operaciones de guerra contra los ingleses con dinero, soldados y navios. Para el desembarco en la Pérfida Albión, Napoleón necesitaba enseñorearse del canal de la Mancha durante cinco o seis días. El truco consistí­a en amagar un golpe de mano en las posesiones británicas de las Antillas, atrayendo allí­ a Nelson. Una vez engañados los rubios, la escuadra francoespañola regresarí­a rápidamente a Europa para caer sobre los cruceros que bloqueaban El Ferrol, Rochefort y Brest, liberando a los navios allí­ sitiados. Luego, reuniendo así­ una escuadra de sesenta navios y varias fragatas, Villeneuve subirí­a hecho un tigre hasta el canal de la Mancha, para proteger la travesía hasta Inglaterra de los dos mil buques de transporte y los ciento sesenta mil hombres preparados en Texel y Boulogne. Ése era el plan, tan impecablemente detallado como todos los de Napoleón. Cuarenta y ocho horas, pedí­a el fulano. Dadme sólo cuarenta y ocho horas de supremacía naval en el Canal y les meto a los ingleses varias divisiones en las playas, y un gol que se van a ir de vareta. Pero el Petit Cabrón, siempre eficaz en tierra, no tenía del mar ni zorra idea. Su maravilloso proyecto ignoraba las incertidumbres de la navegación, el mal tiempo, la insegura fortuna de guerra de un navio. Además, semejante encaje de bolillos requería un jefe de escuadra eficaz y responsable. Todo cristo sabía que Gravina era el hombre adecuado; pero Gravina era español, y a Napolichis ni le pasaba por la cabeza que un español se hiciera cargo de la operación. Así­ que aceptó el consejo de su ministro Decrés y nombró al recomendado de éste, Villeneuve: un capitán de navio valiente (en la defensa de Malta le había echado sus cojoncillos al asunto), pero indeciso e incapaz a más nivel, Maribel. Mandando la retaguardia gabacha, por ejemplo, cuando Nelson les rompió la cara a los imperiales en Abukir, el tal Villeneuve se había limitado a encajar leña inmóvil y resignado. Más desenvuelto en los despachos del Ministerio de Marina que en el puente de un navio almirante, carecí­a de voluntad propia y no aceptaba los consejos ajenos. O sea. Como jefe era un auténtico cenutrio.
-¿Para dÓnde tiramos ahora, mon admiral?... ¿A babord o a estribord? -Yenesepá. -Yo tirarí­a para babord.
-Yenesepá. -Virgen santa. Al principio la operación americana funcionó bien. Gravina (que pese al enchufe de Godoy tení­a experiencia, valor y maneras) hizo una salida impecable de Cádiz, rompiendo el bloqueo inglés para unirse a la escuadra de Villeneuve, y ambos arrumbaron pasito misí pasito misa a La Martinica, tomándole a los ingleses El Diamante y apresando un convoy de mercantes británicos cargados de ron, azúcar, café y algodón, que fue para partirse de risa, colegas, las cosas como son, todos aquellos capitanes british preguntando guat japening, guat japening, mientras les pegaban cebollazos y les hacían arriar la bandera. Para mearse. Que, como para la histórica ocasión les gritaba desde una porta el carpintero jefe del Antilla, Juan Sánchez (alias Garlopa), que es de Chipiona:
-Arguna ve tenía que tocaro a vozotro, hihoslagranputa.
Lo malo es que, a partir de ahí­, Villeneuve empezó a jiñarla. Regresó a Europa por una latitud inadecuada que lo enfrentó a vientos contrarios, y en vez de llegar a El Ferrol se encontró con la escuadra inglesa del almirante Calder cerca del cabo Finisterre, el 22 de julio: pumba, pumba. Veinte navios franceses y españoles contra catorce o quince ingleses, combate en lí­nea a distancia de medio tiro de cañón entre una espesa niebla, con los españoles (las cosas como son) batiéndose mientras Villeneuve permanecí­a indeciso y la mitad de los buques franceses evitaba el combate, sin socorrer al Firme y al San Rafael, que con noventa y siete muertos y más de doscientos heridos a bordo, desarbolados y pasados a balazos, las velas caí­das inutilizándoles las baterí­as, fueron empujados por el viento hacia los ingleses, mientras la lí­nea de navios gabachos que venía detrás de la española desfilaba por su barlovento enterita, sin mover un dedo. De manera que el Firme y el San Rafael tuvieron que arriar el pabellón, rodeados, tras pelear sin descanso hasta las nueve de la noche.
-Hay que rendirse, Paco. Nos han dado las del pulpo.
-¿Y los nuestros?... ¿No vienen a echar una mano?
-No creo. Por el ruido, bastante tienen con lo suyo.
-¿Y qué pasa con los gabachos?
-De ésos, ni rastro. Por lo visto, el jour-de-gluar lo dejan para otro dí­a.
Eso no se supo hasta la mañana siguiente, cuando ambos buques amanecieron a la vista de la escuadra aliada remolcados por los ingleses que se retiraban, y Villeneuve se negó a atacar y socorrerlos pese a las súplicas e indignación de los marinos españoles, que lo llamaron de todo menos bonito, y el guardiamarina Ginés Falcó (que el dí­a anterior habí­a tenido su bautismo de fuego en el mismo lugar del castillo de proa del Antilla desde el que ahora, tres meses después, observa la escuadra británica del almirante Nelson) lloró de indignación y rabia, como muchos de sus camaradas, viendo alejarse, rodeados de ingleses, los dos maltrechos navios apresados mientras el almirante Villeneuve y los navios franceses miraban de lejos, rascándose los huevos con mucha parsimonia.
-¿Cómo se dice pocapicha en gabacho?
-Pocapiché.
-¿Seguro?
-Te lo juro por mi madre.
A partir de ahí­ se terminÓ la confianza de los españoles en los franchutes, de los franchutes en Villeneuve, y de éste en sí­ mismo. De manera que, tras arribar a Vigo, en vez de cumplir las detalladas instrucciones de Napoleón subiendo hacia el norte y el canal de la Mancha, el almirante gabachuá puso rumbo sur, encerrándose en Cádiz. Y claro. Al enterarse de que la escuadra que él ya suponí­a en Brest estaba donde Cristo dio las voces, en la otra punta de Europa, Napoleón se subió por las paredes, pues todo su plan se iba al diablo. Qué hijo de puta, comentaba incrédulo, mirando el mapa mientras alucinaba en colores. Qué hijo de la gran puta. A ver cÓmo invado yo Inglaterra ahora. Menuda ruina. Para excusarse, porque en eso no era nada irresoluto el fulano, Villeneuve no tuvo el menor reparo en culpar de lo de Finisterre y del resto a los navios españoles; y fue ahí donde el emperador (nadie se la mete doblada porque tiene de chivato en la escuadra a Lauriston, un oficial de su estado mayor que en cada carta pone a Villeneuve de vuelta y media) les echó al ministro Decrés y al recomendado un chorreo en regla, con el famoso despacho donde Napoleón afirmaba: «Todo esto me prueba que Villeneuve es un pobre hombre. ¿De qué se queja de parte de los españoles?... Estos se han batido como leones, con Gravina siendo todo genio y decisión». Luego, como hombre práctico, decidió que de perdidos al rí­o, o sea, al Mediterráneo. Así­ que oye, Decrés, dijo. Ya que ese imbécil enchufado tuyo está bloqueado en Cádiz y me ha hecho polvo lo del día D, hora H, dile que salga al mar, o a la mar, o a donde salgáis los puñeteros marinos de mis imperiales cojones, y se vaya al Mediterráneo, y allá­, reuniéndose con la escuadra española de Salcedo en Cartagena, le dé un repaso a la costa italiana, que también necesita enseñarle un poquito el pabellón. Y si al salir de Cádiz ese comemierda se encuentra con los ingleses, que supongo que sí­, pues que luche, copón. Que se joda y que luche. Y dile también de mi parte a tu niño bonito que como no salga inmediatamente, o sea, ya mismo, le voy a meter las charreteras de almirante por el culo antes de ponerlo a limpiar todas las letrinas de mi Grande Armée desde Brest hasta la frontera rusa. Y luego lo fusilo. A él y a su padre, si es que lo conoce. ¿Está claro, Decrés? Pues espabila. Que todavía no tengo claro si ese recomendado tuyo es un traidor o sólo es gilipollas.
Total. Que ésos son, más o menos (con las limitaciones de edad, grado e información de que dispone), los pensamientos del guardiamarina Ginés Falcó en el castillo de proa del Antilla, mientras hacia popa, en el alcázar, el tambor sigue redoblando a zafarrancho de combate, los contramaestres hacen sonar sus pitos de latón, los pajecillos terminan de echar arena en la cubierta, y la escuadra inglesa, que ya se agrupa claramente en dos columnas dirigidas hacia la línea francoespañola, avanza con todas las velas desplegadas, incluidas alas y rastreras, para aprovechar el viento flojo del noroeste. -Válgame Dios -exclama el segundo comandante Fatás.
Falcó se vuelve hacia él. Fatás, apoyado en el cabulero del trinquete, un poco flexionadas las rodillas para amortiguar la oscilación del catalejo con la marejada, observa la señal que acaba de aparecer en el buque insignia del almirante Villeneuve y es repetida en la arboladura de las fragatas y la balandra que navegan a lo largo de la lí­nea. La número 2. Al cabo, Fatás, que mueve los labios como leyendo para sí­ mismo sin necesidad del libro de claves, cierra el telescopio con un chasquido, parpadea, mira al guardiamarina y luego hacia popa, al alcázar, donde en ese momento don Carlos de la Rocha debe de tener la misma cara de estupefacción que tiene él. Por fin, todavía el aire incrédulo, mira las grímpolas de los mástiles para calcular la dirección e intensidad del viento, y observa el estado de la mar.
-Virar por redondo a un tiempo toda la lí­nea, orden inverso, rumbo norte -repite al fin, en voz alta.
Ginés Falcó cambia una ojeada inquieta con él y luego observa el ceño fruncido del segundo contramaestre Fierro. Tela marinera. La orden del Bucentaure significa que toda la línea francoespañola, que ahora navega hacia el sur, debe dar media vuelta y arrumbar al norte, convirtiéndose la retaguardia en vanguardia. Eso, que parece chupado en los libros y en las pizarras de las academias, y por lo visto también en el coco de Villeneuve, tiene hoy, aquí­, una ventaja y un inconveniente: pone Cádiz a sotavento y por la amura, si llega el caso de tener que batirse en retirada; pero también demuestra a todo el mundo, incluido el enemigo, que el almirante de la escuadra francoespañola es un mantequitas blandas que ya considera la posibilidad de retirarse antes de empezar a combatir. Como para darle ánimos al personal. Aunque lo peor no es eso. Cualquier marino con mí­nima experiencia (incluido el joven Falcó) sabe que virar a la vista del enemigo, con poco viento y a punto de entrar en fuego, es una maniobra arriesgada, que expone a la escuadra a combatir en desorden, sin tiempo para rehacer su lí­nea de batalla. De cualquier manera, quien mejor resume la situación es el segundo contramaestre Fierro, a quien don Jacinto Fatás acaba de ordenar que ponga a los hombres en las brazas, listos para cuando llegue desde popa la orden de virar:
-Ahora -masculla Fierro- sí que estamos jodidos.
Obviamente, este trozo de texto es propiedad de Arturo Pérez-Reverte. No ha sido copiado con ninguna intención lucrativa ni nada así. Simplemente porque me parece genial.

1 Comments:

At 6 dic. 2004 13:34:00, Blogger meiko dijo...

Por fin veo el blog!! Como ya te dije, me ha gustado mucho el capítulo... sino fuese xq cuando me fui a dormir no podía entrar al cuarto de mi hermano a por el primer libro, ya lo habría empezado, así que tendrá que esperar hasta esta tarde/noche. Me gusta el cambio que le estas dando al blog, tengo que empezar a investigar... por si consigo poner el mio moradito (como no...). Sigo estudiando protis, y que se cumplan tus pronosticos!!!!!! tq, ta, yls...

 

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